22 de febrero de 2007

Al mal tiempo...esperar a que mejore

Hoy llueve y, además, a mares. Salir a la calle es poco más que un suplicio si lo que menos te apetece es mojarte. Creo que vivo en un pueblo que no tiene ni una calle bien asfaltada, todas está llenas de charcos y baldosas sueltas. Y claro, llegas a casa hecha una sopa. Sé que estamos en invierno, pero después de haber tenido unos diítas con sol, qué cuesta arriba se hace este tiempo. Sólo me queda el consuelo de que el agua es necesaria, y más por esta tierra, que si no...

La primavera está a la vuelta de la esquina y la acompañan las tardes con solecito, en las que apetece ir a tomarte “descafeinados” con las amigas. Se lo dije a alguien: “a mí el invierno me crea apatía social”. No me apetece salir, ni relacionarme con nadie. Sólo quiero llegar a casa y enfundarme en el pijama y las zapatillas de pelo para quedarme pegada a la mesa con el brasero, esperando a que nuestro querido Lorenzo le de la gana de asomarse un poco.

Mientras tanto, a la calle lo justo y a regañadientes, con ganas de guardar el abrigo y el gorro de lana.

21 de febrero de 2007

Puede ser un buen año!!!!!

Llevo tiempo buscando mi sitio en el mundo, en la vida, con la gente, en la cola de la charcutería... y me he dado cuenta en todos estos años que no es algo que se elija de la noche a la mañana, no por lo menos en mi caso, más bien, es algo que va creciendo poco a poco, que madura y que cuando está preparado empieza a asomar la cabeza. Igualito que un embarazo, con la diferencia que yo no voy a tener un hijo, de momento. Pues ahora, puedo decir, que estoy de parto. En lugar de en el vientre, mi “hijo” está en la cabeza y en las manos y sobre todo en el corazón. Porque yo hago las cosas desde el estómago y desde el corazón, sino no me salen. Tengo ganas, fuerza y mucha, muchísima ilusión, y puede que no salga a la primera, o sí. De todas formas, no voy a tirar la toalla, no voy a rendirme porque sé que este es mi año, me lo dice el corazón. Y porque soy muy cabezona!!!!

2 de febrero de 2007

Vergüenza

Esta mañana he oído una noticia y me han dado ganas de salir a la calle con un bate de béisbol o con un hacha y liarme a destrozar todo lo que me encontrara en mi camino. ¿Por qué? Porque de seguro sería un buen método para liberarme de todo el estrés y porque me estoy volviendo loca, como todo lo que hay a mi alrededor. Pero no, me he controlado, he respirado un poco y he sentido vergüenza de esta mierda de sociedad que estamos construyendo día a día.

La noticia en cuestión es que una mujer de Cádiz se ha encadenado a la Audiencia Provincial, de la ciudad del mismo nombre, por serle denegada una orden de protección contra su ex marido al cumplir éste una orden de alejamiento por malos tratos. Funcionarios, policías y demás se pasan la pelota unos a otros sin ofrecerle ninguna ayuda ni ninguna solución. ¿Para qué vamos a molestarnos? – se preguntarán, si al parecer, el mismo presidente de la Audiencia Nacional le pasa la pelota a otro juzgado. Claro, es lo mejor en estos casos. ¡Pero qué vergüenza!

¿Qué hace en estos casos la Ley Contra la Violencia de Género? ¿Y los jueces? ¿Y la policía? Miramos para otro lado, incluyámonos todos, y al final del año nos llevaremos las manos a la cabeza al escuchar el número de mujeres muertas.
¿Y por qué no actuamos de otra forma? La del "ojo por ojo", por ejemplo. Esa sería una buena forma de no tener miedo que te mate tu ex pareja. ¿Por qué? Porque ya la has matado tú primero. Creo que un dirigente político le llamó a esta forma de actuar "guerra preventiva". Total, esta ley de la selva la llevan imponiendo los "ex" durante mucho tiempo y no les pasa nada. ¿Qué les podría pasar a las mujeres a las que se asfixia, maltrata, veja, humilla, viola, asesina... si respondieran de la misma forma: matando? Quizás sus ex parejas ya no les volverían a poner una mano encima, ni les harían mirar atrás cuando caminan por su barrio para comprar el pan. Quizás ya no, porque sería el único modo de que sus ex parejas no aparecieran nunca más. Sólo serían un para de años en la cárcel y después a seguir con la vida normal, ¿acaso no es eso lo que pasa a los maltratadores que entran en la cárcel?

Todo esto es una verdadera atrocidad, además de un disparate. Igual que tener que encadenarse para pedir ayuda a una sociedad que mira para otro lado en el momento de solucionar el problema, y que es la misma que se coloca el lacito blanco en la solapa y figura cogiendo la pancarta en una manifestación.
Ahora esta mujer es noticia por reclamar su libertad, quizás, y ojalá que no, lo sea por ser un número en una lista al final del año.

24 de enero de 2007

Mis problemas van dEspacio

En estos días estoy más que dispersa, y eso me jode. Me jode porque no puedo hacer nada. No sé si será el frío, las largas siestas o que sigo sin tener un sitio propio. La cuestión es que no puedo hacer nada de lo quisiera hacer y con lo que me sentiría bien. Sigo en un rincón de mi casa, y no lo digo por dar pena, es así. Estoy relegada a un rincón de mi salón en la que guardo todo mi mundo, que no es mucho. En una sola mesa tengo el ordenador, las revistas de mi inseparable El Jueves, el bloc de dibujo, los lápices y no me da. Quito cosas, las coloco en otro lugar, algunas las tiro y otras las guardo en algún armario. Pero me sigue faltando espacio.

Cuando llegue el buen tiempo trasladaré este pequeño espacio a otro un poco más grande pero más incómodo: el patio. El observatorio de mi bloque, en el que todos opinan y comentan a la vez que cuelgan las sábanas o barren la terraza. Allí estás tú, agachada en el suelo, intentando buscar el color que le de un nuevo giro al cuadro, y, como si se trataran de dos alfileres sobre tu nuca, allí están los ojos de tu vecina intentando descifrar qué es eso tan raro que estás pintando. Es la situación más cómoda que he podido experimentar. Pero yo, sabedora de las aficiones de comadreo y cotilleo que reinan por mis dominios, hago uso, a veces real y otras ficticio, de mis antiguos walk-man, que entre interferencia e interferencia me evaden de comentarios sin criterio abstrayéndome a lo más parecido a un mundo interior.

En estas condiciones poco puedo hacer. Lo único que me queda es esperar a que mi suerte cambie, para bien, eso sí, y algún día poder disfrutar de un espacio para mí sola en el que no tener que compartir mis momentos de “creación” con nadie más que conmigo misma.
¡Qué así nunca podré ser un genio, coñe!

21 de enero de 2007

Qué tendrás en la cabeza


Después de casi un mes sin poder acceder a mi cuenta blogger por extrañas razones, a las que aún no he encontrado respuesta, vuelvo. Hubiera preferido que mi ausencia hubiera sido porque me hubiera tocado la lotería, pero es lo que tiene haber perdido toda la fe en que algún día me toque. En fin, están los que nacen con estrella y los otros, los que se lo tienen que currar duro.

Si tuviera que resumir este mes en pocas palabras, sencillamente no podría. Soy de muchas palabras, en ocasiones, demasiadas, pero es lo que hay. Y, además, ¡qué ha sido un mes!. Las navidades, cansinas y empalagosas como todos los años, el año nuevo que empieza y con él propósitos y promesas que nunca se cumplen, lo típico. Yo he cumplido 25. Buff, la gente me dice que ya son añitos, pero yo me empeño en demostrar que no, sigo siendo la niña con coletas que nunca fui. Cómo disfrutan jodiéndote el cumpleaños con sus neuras acerca de la edad. Pero les pongo mala cara y dejan de darme el coñazo con lo de “echarme” un novio y casarme. ¡Qué se te pasa el arroz!, me dicen. ¿Quién coño controla eso del arroz?, lo pregunto porque me gustaría que el mío se lo guardara donde más le guste. Ya lo he dicho, sólo lo dicen por joder.

Y poco más, que vuelvo a la cola del paro, que escuchar canciones que no escuchaba hace muchos años me activa la memoria y me devuelve un poco la ilusión de aquellos años, que tengo un viaje pendiente a Barcelona que no sé cuando podré realizarlo y que la imagen que encabeza esto la realicé hace años y se ha convertido en mi talismán. Un día una amiga la miró muy extrañada y me dijo: qué tendrás en la cabeza.

En fin, este año es el mío.

24 de diciembre de 2006

Vestida de Navidad



Seguimos de Navidad. ¿Debería estar contenta? Pues no sé, depende cómo te lo propongas. Para mí todos los años es la misma historia.
La navidad suele ser la época del año que más se consuma, ni vacaciones ni historias: en estos días la gente saca a pasear la Visa Oro (quien la tenga) y no la guarda hasta el 6 de Enero, después de comprar el roscón de reyes, por supuesto.
Y es que si no consumes eres un raro, un rata o algo así. Parece como si desde que vamos a la guardería, subliminalmente, nos metieran ciertas ideas junto con el biberón y los juegos.
Son días de dar amor a todo el mundo, felicidad y demás slogans para anuncios de telefonía móvil. Que sí, que todos somos muy felices y debemos pasárnoslo muy bien, pero ¿y si queremos tener mal carácter y odiar los villancicos?. Pues no puedes. Hay alguna especie de regla que hay que seguir, sin cuestionarla, en la que se obliga a todo el mundo a estar feliz y a querer trasmitirlo a los demás. En estos días hay que adornar la casa de manera recargada y, en ocasiones, estridente (cuanto más, mejor) a base de espumillones y bolas de colores. Hay que cenar pavo, pato o pollo, langosta, brindar con cava, cantar villancicos y regalarse miles de cosas.
- ¿Por qué?
- Porque es Navidad.
- Ah, pues ya me quedo más tranquila.
- Es una noche igual que otra, ¿o no?.
- Noooooo
- ¿No? Es verdad, no todas las noches sale el rey hablando por la tele.
- No es por eso. Es una noche en la que se reúne la familia para comer, para cantar, para reir...
- ¿Y eso no puede hacerlo otra noche cualquiera? ¿Y si una familia no se lleva bien entre ella misma? es decir, hay primos que se escupen cuando se ven, ¿esos también se reúnen para cantar y para comer...?

En fin, cosas que se me pasan por la cabeza en estos días, y muchas más que no tengo ganas ahora de escribir.
Me da pena cómo se va perdiendo la ingenuidad de estas fechas y como todo se va frivolizando alrededor del tener y del comprar. Pero es lo que hay y yo no puedo hacer nada aunque quisiera.
Como homenaje a todo lo que se ha perdido en estas fechas yo no cenaré pavo ni pato ni nada de eso. Me voy a comer un bocata de tortilla con tomate y me beberé un zumo sentada en mi sofá y con mi pijama azul. Igualito que esta noche, que coño tanta tontería.

Porque todos los buenos deseos y los buenos sentimientos no sean exclusivos de estos días, porque con una sonrisa se regala más y porque existen los REYES MAGOS, alzo mi brick de zumo y brindo por todos vosotros.

EL MEJOR REGALO ES EL AMOR


3 de diciembre de 2006

Navidad, navidad, ¿dulce navidad?

Ya ha llegado la Navidad, ¿ya?. Sí, ya está aquí. Acabamos de empezar diciembre pero ya hay navidad, queramos o no. Y de eso, este año sé un poco, de lo adelantada que va, me refiero. Es sorprendente cómo cada vez las fechas se adelantan.
Cuando yo era pequeña no había navidad hasta el día de la lotería o el día de la función en el colegio. Casualmente, todos los años coincidían, por eso de darnos las vacaciones y las notas. ¡Ay las notas!.
Justo ese día me daba cuenta que ya estaba aquí. Ponía el Belén, sacaba del trastero el árbol esmirriadillo de todos los años, al que había que plantar en una maceta porque aún no existían los que vienen con pie. Era feo el condenao, pero qué gracioso quedaba adornado con el espumillón de colores y las bolas. Yo no tuve estrella hasta muy tarde, en su defecto lo coronaba con un pirulí plateado. Que más que un árbol, aquello parecía una antena sideral. Pero era lo que había. Los adornos pasaban de un año a otro sin ningún problema. Siempre eran las mismas bolas azules o rosas las que adornaban aquel proyecto de abeto. ¿Y el espumillón? Qué sufrido que era el pobre, hasta que no se reducía a trozos de diez centímetros no se iba a la tienda a comprar nuevo. Que no estaba la vida para tirar las cosas.

El nacimiento era lo mejor. El mío era bastante modesto, la verdad, pero no por eso dejaba de perder encanto. El primer año que puse un nacimiento en casa lo recordaré siempre por dos razones: fue el primero, y eso marca (o por lo menos a mí) y porque fue un acto de “madurez” que yo misma me apropié. Estaba enferma en casa con la varicela (por aquel entonces le llamábamos “pinchos”, no sé por qué, sería porque picaban con ansia) y muy aburrida, al ser contagiosa no recibía visitas de amigas por si se les “pegaba”, (qué poco sentido de la amistad!!!). El caso es que decidí montarlo yo solita en el mueble-bar de la sala. Dicho y hecho. Con una caja de mantecados (de las de 5 kg, que ya eran grandes) y un poco serrín del gato, limpio, claro está, e hice la primera ambientación de lo que horas más tarde sería Belén en el año 1. Con un trozo de papel de albal el río, previamente arrugado para dar la sensación de agua, un poco de nieve, por cortesía del corcho del televisor y ya tenía el Belén. Pastores con ovejas, pastoras lavando en el río, los reyes, ángeles y demás extras del Belén. Un lugar especial siempre era reservado para el “tío cagando”, a pesar de ser de lo más vulgar y que no pega nada, a mí siempre me hacía gracia la idea del apretón que le da un pastor que va a ver al Mesías. Por esa razón, siempre había que ponerlo, y no detrás de un pesebre u oculto entre rocas, no. Eso le pasó cuando vio al Ángel de la Anunciación a los Pastores. Y es que cómo no se le va a descomponer el cuerpo a alguien que se le aparece un tío volando en mitad de la noche diciéndote que vas a ver a un Dios. Pensaría que estaba muerto...

Tenía una amiga que más que un Belén, recreaba toda una ciudad y parte de otra. No faltaba nada ni nadie. Estaba más currao. Había cielo pintado con estrellas y luna, a pesar de que estaba todo nevado. El río era de agua de verdad, con sus piedras y todo. Luces, musgo y trozos pequeños de troncos que ambientaban más si cabe todo aquello. Me encantaba ir a verlo y a jugar en él. Sí, porque nosotras jugábamos en él, bueno con él. Aprovechábamos que su madre no estaba y usábamos a las pastoras para andar por el puente o ir a ver al niño Dios, como si fuera lo más normal del mundo.
Continuará...

1 de diciembre de 2006

Una cigüeña en el pasillo (III)

- Ringg, ringgg. Son las siete de la mañana, es veinticinco de febrero y ...-

La voz mecánica del aviso del despertador me sobresaltó esta mañana tanto que el corazón creía que se iba a salir. Apenas había podido dormir la noche anterior, estuve dando vueltas en la cama sin poder cerrar los ojos hasta la desesperación. Maldito café, no volvería a probar ni una gota en lo que me quedara de existencia. Cuando por fin logré poder dormir sonó el despertador, no podía ser verdad.

Quiero seguir durmiendo, hace frío. Todo está demasiado oscuro, las luces de la calle deberían estar aún encendidas, creo que es de noche. Sí, es de noche. ¿Qué hora será? No puedo oír ningún ruido, ni pasos ni nada. Puede que aún siga durmiendo. Pero no, sé que estoy despierto. Tendría que levantarme, es muy raro esto. Las piernas me pesan como si soportaran una losa de cemento. Tengo que hacer el esfuerzo a pesar del dolor. No puedo, no puedo mover las piernas... ¡Dios!, ¿que me está pasando? ¿Estaré durmiendo aún?

30 de noviembre de 2006

Butterflyz

Porque te echo de menos.
Porque buscábamos el mismo sueño. Tú lo conseguirás.
Porque te conocí en aquella clase de dibujo de primero, y eso marca cualquier acontecimiento.
Porque sufrimos a Carmelo un curso entero.
Porque nos gustaba perdernos por aquellas calles intentando dibujar algo. Siempre fue una excusa, buena, pero una excusa.
Porque las clases de fotografía nunca eran lo mismo sin ti.
Porque descubrimos Papela, y yo soñaba con poder usar todos aquellos papeles para dibujar lo que nunca pude.
Porque descubrí a la persona que mejor cocina el pollo al curry.
Por los vasos de leche antes de ir a clase.
Por el amor a los gatos.
Por reírnos hasta de nuestra sombra.
Por escucharme en el interminable camino hasta la facultad.
Por que las Cruces del 2007 serán memorables, nos lo merecemos.
Porque haremos ese viaje a Barcelona que tantas ganas tenemos. Espero que éste que vas a hacer tú lo disfrutes el doble: por ti y por mí. Yo estaré en tu corazón.
Porque yo no podré terminar lo que un día empezamos, pero en tu logro estará el mío.
Por la panadera cansina de tu calle: “que te pongo, prenda”.
Porque nunca debimos separarnos.
Porque algún día serás alguien grande en el diseño gráfico, espero ver tus pelis en los cines. En lo demás ya eres grandiosa.
Porque el corte de pelo te queda genial.
Porque te sigo echando de menos.
Porque la distancia no es nada, siempre nos quedará el msn.
Porque estoy llorando como una tonta recordando todo esto, pero no me importa decirlo.
Por aquella visita a la Alhambra que no hicimos y que está pendiente.
Por los proyectos de escultura: paraguas en un árbol, ¿cuántos paraguas colgamos?
Por el Buda y por Enrique.
Por las tostadas de Philadelphia con tomate y aceite, eso es un buen desayuno.
Por la alegría que nos da cada vez que nos vemos.
Porque sé que estás ahí cuando te necesito.
Porque algún día será el nuestro.
Porque tendremos un final feliz, como en la pelis.
Y porque eres la mejor. Te mereces todo lo bueno mi niña.

TE QUIERO

25 de noviembre de 2006

Una cigüeña en el pasillo (II)

... me acerqué, estaba sucio. Tenía miedo que pudiera hacerme daño. Pero algo no iba bien, no podía tocarlo, mis manos no podían rozarlo a pesar de estar a menos de un metro...


Por fin en el avión, esperando poder despegar y olvidarme de todo por completo. Una semana de vacaciones en esta época del año es lo mejor que podría haberme pasado. Volvería con las pilas cargadas a mil y poder pasar los meses de otra manera. Ahora dormiría un poco, tenía un largo viaje por delante.


Me estoy moviendo, no. Alguien me está moviendo a mí, yo estoy quieto. Ya paran. Dejadme dormir un poco, aún no ha sonado el despertador y todavía no hay nadie en la oficina.
Vuelven a moverme, esta vez con más fuerza. No, dejadme. No puedo veros, no me tapéis los ojos. Dejad que os vea, ¿qué me hacéis? Dios, que dolor. Pero, qué me está pasando. Todo es negro, no veo nada, no puedo verme siquiera las manos. ¿Qué pasa? Grito, alguien me oirá. Me duele la cabeza, creo que me va a estallar de un momento a otro. No puedo soportar esta presión, pero ¿qué me están haciendo?.
Frío, tengo mucho frío.


- Señor, señor... despierte. Ya estamos llegando, abróchese el cinturón

Gracias al cielo. Ha sido todo un mal sueño, maldito sándwich ...


19 de noviembre de 2006

Quien espera desepera

Ya he perdido la cuenta de los días, de las semanas, en fin, del tiempo en que empecé a notar esta sensación. Al principio no le di importancia, en aquellos momentos era casi normal. Todos me lo decían: “es normal, no te preocupes. Se te pasará y al final lo verás todo mucho mejor”. ¿Se me pasará? ¿cuándo se me pasará?.
Confié en las palabras de aquellos que por entonces querían consolarme, pero su consuelo sólo fue un espejismo. Un remedio que duró un instante comparado con todo lo que me esperaba y que ellos, creyendo que sería mejor para mí, no quisieron decirme. No sé si por evitarme más angustia o porque confiaban que realmente se pasaría. Ahora los miro y les pregunto sin hablar si aun tengo que esperar más, pero sus ojos miran al suelo. Creo que eso no es buena señal.

Cuando dejé de buscar en los ojos respuestas, todos se aliviaron. Ya no había más consuelo que dar, estaba todo dicho, sólo había que esperar. Que palabra más odiada: esperar. En realidad era mi único consuelo porque me permitió ilusionarme con lo que estaba por venir, que sólo deseaba que fuese bueno, pero por otro lado era mi condena ya que no podía determinar cuándo acabaría esta situación.
Con forme iban pasando los días la sensación retrocedió, no la notaba como antes y eso me alivió mucho, tanto que llegué a pensar que nunca ocurrió, que todo había sido una ensoñación propia de la primavera. Ligereza que al andar parecía que no tuviera cuerpo, sólo ganas de andar, de correr y de sonreír. Pero sólo fue eso, un retroceso. Avanzó con mucha más fuerza y más terrible, haciendo volver la sensación dichosa.

Día tras día se hacía más dura y más curativa, qué paradoja. Algo dentro de mí sabía que aquello era necesario, doloroso pero necesario. “Se pasará y lo veré todo mucho mejor” me repetía una y otra vez. Y se pasó, o eso creo, pero no estoy mucho mejor. Estoy bien, comparando cómo estuve algún tiempo y eso ya es todo un logro. Pero sigo con esa sensación, aun no se ha pasado.
Creo a que a esto lo llaman desamor.

12 de noviembre de 2006

Un asunto de un par de señales

Ayer mientras estaba comiendo escuché una “noticia” en la tele que me provocó risa y vergüenza ajena. La “noticia” en cuestión era la colocación de señales no sexistas en Fuenlabrada. Los típicos monigotes de las señales de los pasos de peatones son ahora sustituidos por “monigotas” con falda y coletas.
La alcaldesa de la ciudad, creo recordar Rosalina Guijarro, dice ante la cámara de televisión orgullosa que ahora también se representan a las mujeres, tras años de estar discriminadas en este ámbito de la vida cotidiana. La mujer ya se ha ganado un lugar en el cielo de los alcaldes con este hecho, seguro.
En este punto ya no puedo más y decido levantarme para apagar la tele, cuando el sagaz reportero pregunta a mujeres viandantes qué les parece que ahora también ellas estén representadas en las señales de tráfico, uyyy que orgullosas se les ve. A todas les parece lo mejor que podía haber pasado en estos tiempos que corren, claro que sí.
Y es que, lo mejor que nos puede pasar a una mujer para no sentirnos discriminadas en la vida es que nos pongan niñas con falda y dos lazos en una señal de tráfico, a eso le llamo yo paridad, si señor.

¿A quién se le ha ocurrido semejante memez? ¿Creen que vamos a sentirnos más iguales porque dibujen unas faldas? ¿Acaso no es más sexista eso?
Para empezar, las señales de tráfico no nos representan como individualidad, sino como generalidad: hombres, mujeres, niños, niñas, ancianos... Son iconos que reconocer sin adornos estúpidos.
Para continuar, también deberían ir pensando en hacer señales que no discriminen por condición sexual, por religión o por cualquier otro aspecto que nos diferencie a los unos de los otros. Sería lo más justo en ese caso.
Y para terminar, ahora me siento más discriminada que antes con esa reverenda gilipollez. Ser mujer no implica tener que llevar una falda, porqué no la habrán puesto con un pantalón o con el pelo corto, ¿acaso son menos mujeres? Lo que les ha faltado es pintarla de rosa y ponerle unos pendientes.
Este hecho reafirma mi idea / teoría de que los alcaldes sólo piensan en tonterías y paparruchas fritas para tener algo de protagonismo, en vez de hacer cosas realmente importantes por el pueblo. No sé si la señora alcaldesa estará en su casa regocijándose de la gran obra social que ha hecho por todas las mujeres colocando señales no sexistas, al igual que otras muchas que, a lo largo de los años, lucharon porque se les reconociera en igualdad de derechos que a los hombres. Sólo espero que no. La lucha por la igualdad, no sólo de hombres y mujeres, de todas las personas, es algo más profundo, más serio y más necesario que pintar una muñeca.
Su “proeza” me parece ridícula y circense.

8 de noviembre de 2006

Cansada

Después de varios días sin dar señales de vida por estos lares, he de decir a mis lectores* que no me he muerto (aún), ni he tirado el ordenador por la ventana (idem) ni me he mudado a ningún país lejano. La razón es mucho más mundana que todo esto. He vuelto a trabajar y estoy agotada. No quiero parecer una comodona o una quejica, pero trabajar en la campaña de navidad de unos grandes almacenes está dejando mis neuronas bajo mínimos. Toda la tarde-noche abriendo cajas, poniendo alarmas, ordenando, colocando, etc. Repito que no hago mucho más que otra persona, no me malentiendan , pero yo no doy para mucho. Sólo pido que el fin de semana venga pronto para poder dedicarme a lo que más me gusta, a no hacer nada de nada, que ya es hacer algo. Bueno, a dejarme caer por aquí, que se está muy bien.
Espero que todo este cansancio sea propio del principio, de lo nuevo, y que dentro de unos días pueda hacer mi vida como tal cosa.


* Sin ánimo de ser petulante, siempre quise poder decir esto alguna vez

2 de noviembre de 2006

Una cigüeña en el pasillo

Había mucho revuelo en casa. Todo el mundo gritaba y nadie me explicaba por qué. Me dirigía hacia mi dormitorio y me lo encontré, pobre animal, estaba asustado con tantas voces...




- Ringg, ringgg. Son las siete de la mañana, es veinticinco de febrero y ...-

La voz mecánica del aviso del despertador me sobresaltó esta mañana tanto que el corazón creía que se iba a salir. Apenas había podido dormir la noche anterior, estuve dando vueltas en la cama sin poder cerrar los ojos hasta la desesperación. Maldito café, no volvería a probar ni una gota en lo que me quedara de existencia. Cuando por fin logré poder dormir sonó el despertador, no podía ser verdad.
Con más que trabajo me levanté de la cama y me dirigí al baño. Mientras me afeitaba, el reflejo en el espejo me devolvía la imagen de un hombre viejo y cansado. No era mayor, pero las rutinas encanecieron todo, el cabello, el trabajo, la vida... No quería darme cuenta, pero el espejo nunca miente.
Café sin azúcar. Sería el primero de muchos, los mismos que horas más tarde no dejarían que durmiese de un tirón por la noche. Pero los necesitaba para todo, para coger el metro, para poder estar ocho horas delante de la pantalla del ordenador, para hablar con los compañeros de trabajo de temas sin más trascendencia. Era así, no siempre hacemos las cosas de manera que nos beneficien.

El trabajo en la oficina era tedioso y gris, al igual que la propia oficina. Esa mañana no sería muy distinta a las demás. Informes y más informes. Me senté delante de la mesa del ordenador con el segundo café solo y sin azúcar intentando que arrancara de una vez el maldito aparato. Teníamos la tecnología de la Edad de Piedra, los ordenadores tardaban siglos en ponerse en marcha, lo que iba sumando enteros para estar toda la mañana de mal humor. Sólo un ordenador con internet en toda la oficina, ni falta hace decir cuán de solicitado estaba a lo largo del día.
La mañana era eterna en aquel tercero derecha habilitado para la empresa. Las ventanas nos mostraban una maravillosa vista del edificio de enfrente: una pared de ladrillos. Todo era por el bien de la empresa y del rendimiento de los trabajadores decía el capullo de mi jefe. Pero creo que más que por el bien de la empresa y el de los trabajadores, lo que se la traía al fresco, era por no tener que pagar más por otro sitio que reuniera condiciones de trabajo menos deprimentes. A parte de capullo era un rata. Acabaría muerto en cualquier callejón, de eso estaba completamente seguro.
La hora de la comida era aun más triste que todo lo demás. Comida fría, una ensalada y un sándwich de pollo era todo lo que la cafetería de la esquina nos podía ofrecer. Y para qué más, con sólo quince minutos de descanso no puedes comerte una dorada a la espalda, me dijo un compañero una vez. Tenía razón. Eso sería romper con toda esta mediocridad reinante y al final perdería el encanto. Reservaría ese plato para alguna ocasión especial.
Sólo tenía que dejar pasar cuatro horas más, eso no era nada. Dejar la mente en blanco, no pensar en todo lo que me rodeaba, sólo cuatro horas, doscientos cuarenta minutos, eso no era nada. Había soportado cosas peores.
Pude conectarme por un segundo a internet, los asiduos a ese ordenador lo habían dejado libre, pero no podía entretenerme mucho. Miré las noticias deportivas, el resultado de la lotería, nada, otra vez será, y el correo. Éste era casi por obligación más que por encontrar algo interesante, las fechas de reuniones, juntas y demás actos de la empresa el jefe nos las comunicaba por ahí. El muy gilipollas, nos veía todos los días y nos tenía que citar por un correo electrónico, a pesar de que la empresa no disponía de una conexión a internet, haciéndonos el apaño un modem viejo.
En la bandeja de entrada mucha basura, publicidad, ofertas de contactos, mensajes en cadena... y uno que se dirigía a mi nombre de pila, curioso porque eso lo sabía sólo el banco, el casero y mi madre, y no creía que si me tuvieran que notificar algo lo hicieran por aquí. O por lo menos no los dos últimos.
Abrí el correo y comencé a leer. Me había tocado un viaje, ¡un viaje!. No podía ser verdad, no a mí. ¿Cómo sabían todos mis datos? Si yo no los había dado, ¿quién entonces? Me daba igual, era un viaje durante una semana a una isla del pacífico. Llamé al número que figuraba en la página y me lo confirmaron, era yo el ganador. Ahora debía hacer las maletas, mi avión salía dentro de cinco horas y tenía tantas cosas por hacer que no sabía si podría con todas.

Salí a la calle a la carrera, sólo cuatro horas para embarcar y aún tenía que recoger el billete de la agencia. La hora que había perdido haciéndole la pelota al inepto de mi jefe era valiosísima, tenía que hacer la maleta, encontrar el pasaporte, los billetes... Me estaba asfixiando intentando volver a casa. ¡Un viaje! El día, después de todo, habría merecido la pena.

En la calle esperando con la maleta hecha, el billete en el bolsillo de mi chaqueta y con una sonrisa de oreja a oreja, esperé al taxi. Todo era perfecto, haber ganado el concurso, ahora el viaje, el sol, la playa. Podría descansar durante una semana completa sin preocuparme de nada, ni de trabajo, ni de dinero, ni de la mierda de vida que tenía. Sólo sol y playa. Un buen momento para comerme esa dorada a la espalda, esa iba a ser mi ocasión especial. En esto estaba cuando el taxi se paró delante mía.

- Al aeropuerto, por favor, llevo prisa -

29 de octubre de 2006

Será el calor: El desenlace

Todo el piso estaba vacío. Los muebles, los cuadros, las cortinas, todo había desaparecido, en cambio, una espesa capa de nieve inundaba suelo, paredes e incluso en el techo se había formado una capa de escarcha. Dentro del piso el frío era más insoportable que fuera. Parecía como si se hubiera mudado allí toda la Antártida. De un momento a otro pasarían una familia de pingüinos, seguro. Y así fue, salieron de la cocina cinco pingüinos y se dirigieron hacia el dormitorio de Winnie de Pooh. Éste era mi compañero de piso. No se llamaba así, claro está, su nombre era Eduardo, pero lo de Winnie de Pooh iba más con su personalidad y su aspecto que Eduardo. Era muy depresivo, casi siempre estaba angustiado por todo lo que a su alrededor pudiera pasar, hasta el punto que decidió no salir de su cuarto hasta que se encontrara con más ánimo. En realidad ya no salió de ahí en mucho tiempo. El encierro voluntario le cambió el tono de piel pasando de blanquecino a amarillento. Por eso el sobrenombre de Winnie.
No podía imaginarme qué había ocurrido para que todo estuviera así. Pero me temía que pronto iba descubrirlo.

En el salón estaba El Hada, mi otra compañera de piso. Evidentemente no era su nombre tampoco, pero la historia de éste era más privada y personal. Nunca quise preguntarle el por qué, pero creo que tenía que ver con unos “polvos mágicos” o no sé qué. Estaba casi irreconocible con la cara azulada por el frío.

- ¿Qué ha pasado?
- Tía, una desgracia, una desgracia.
- Pero, ¿por qué esta todo lleno de nieve? en la calle hace un calor insoportable y todo el edificio está congelado
- Una desgracia, tía, una desgracia.
- Pero, dime porqué de una vez
- No lo sé, no recuerdo nada de nada. Creo que mis neuronas están congeladas por este frío del demonio.

En un rincón del salón había una improvisada hoguera con restos de sillas, muebles, libros y demás. La tía loca ésta había quemado todo lo que había en el piso. Y ahora dónde nos sentaríamos o dónde dormiríamos. Encima no se acordaba de nada.

- ¿Y Winnie de Pooh?

De pronto empezó a llorar y a patalear en el suelo. Gritaba y temblaba a la vez, no sé si de frío o de miedo o de algo que se hubiera tomado de poca legalidad. La miraba entre el asombro, la compasión y la risa, sin saber muy bien si consolarla o darle una patada en la cara para hacerla callar. Ella seguía con sus gritos y sus aspavientos, cayéndole los mocos y las lágrimas por toda la cara.
Me dirigí a mi cuarto intentando encontrar algo de normalidad en todo aquello. Al abrir la puerta encontré a cuatro personas jugando una timba de pócker, me miraron durante unos segundos y luego siguieron con sus apuestas y demás. Cerré la puerta y me dirigí al salón donde seguía mi compañera llorando y berreando como si la estuvieran matando. No tuve más remedio que darle una bofetada para calmarla, pero no lo conseguí. Tuve que emplearme a fondo para que volviera en sí. Cuando pudo recuperar un poco la compostura, me explicó lo que había pasado.
Antes de que volviera yo de mi viaje el calor en la ciudad era más que insoportable. Ella había estado todo el día en la calle hasta por la tarde. Cuando regresó al piso vio la misma escena que yo. Todo el edificio estaba helado. El frío que hacía dentro era de agradecer. Al entrar en el piso todo estaba recubierto por la escarcha. Pronto encontró la respuesta a el cambio de temperatura: la puerta del congelador estaba abierta. Había estado toda la noche y todo el día. Fue a preguntarle a Winnie lo que había pasado pero no pudo. Se lo encontró congelado en una postura sospechosa...

Me dio pena después de todo. Pobre, con lo infeliz que era morir así, de esa manera tan poco digna. Me dijo que estuvo varios días en los que no sabía que hacer con él. Entraba de vez en cuando en la habitación por si se había movido o algo, pero no. Seguía muerto poniéndose cada vez más morado y con más escarcha por encima.

- ¿Y ahora dónde está?

Empezó a llorar otra vez, de una manera desconsolada. No debería ser normal esa manera de llorar. De los ojos no salían lágrimas sino torrentes de agua que estaban empezando a derretir la nieve, convirtiéndola en un hielo resbaladizo y peligroso. Lloraba y lloraba sin consuelo, y yo seguía sin saber por qué. Con el agua casi por las rodillas pude calmarla otra vez y me contó el por qué de su llanto.
El piso se había convertido en algo parecido al Polo Norte, las mantas y los abrigos no conseguían que entrara en calor, la comida se había acabado y todo el dinero que tenía lo perdió en una de esas timbas de pocker que se celebraban en mi cuarto. Me contó, justificándose por el hambre y la desesperación, había hecho algo feo. Imaginé que había chantajeado a alguno de los de la timba, acostándose con él y amenazándolo con contárselo a su mujer, cosa que no me parecía tan deleznable como me hacía ver. Eso ya lo hacía a menudo.

- Me he comido a Winnie de Pooh...
- ¿Crudo?
- No. Un día lo puse en salsa. Otro lo hice a la plancha y ayer lo freí con patatas y ajos...
- ¿Pero estaba bueno?
- No, eso es lo que más me indigna. Todo en trabajo que me dio hasta meterlo en la sartén, para que luego me saliera duro.
- Es lo que tiene la carne humana, siempre sale poco hecha

Y de nuevo el llanto desconsolado.
Ahora más que pena me daba risa, pobre idiota. Toda su vida encerrado en una casa, creyéndose que estaría más seguro que en la calle. Todo para qué. Para morir congelado y comido por tu compañera de piso con menos delicadeza que si te comieras un menú de un burguer.
Ella seguí llorando y llorando.
Fui a la cocina, al lugar donde se había originado todo. Miré al congelador y me dio miedo. Un aparato tan pequeño puede joderte la vida para siempre. Sólo había que ver a la desgraciada que se deshacía llorando en el salón. Nunca sería la misma.
Dejó de llorar y volví al salón. Había muerto. Sí, se había ahogado por sus propias lágrimas. Eso si que era una verdadera faena.
¿Por qué mis compañeros de piso se había empeñado en morirse al mismo tiempo? Ahora me tocaría pagar el alquiler a mi sola. Encima el casero me haría pagar todos los desperfectos de los que no tenía culpa. Sería mi ruina.
Encendí un cigarro y salí al balcón. En la calle seguía haciendo calor, un calor casi infernal. Los coches seguían gritando, las personas tocaban sus cláxones y yo tendría que hacer frente a una deuda casi millonaria por culpa de mi compañera antropófaga y llorona.
Apuré el cigarrillo hasta llegar al filtro a pesar de que a mi nunca me gustaba fumar, lanzando la colilla a la calle.
Poco después todos los cristales saltaron por los aires. El kiosko de “El Petardo Feliz” dijo adiós. ¿Por qué todo el mundo quiere morirse al mismo tiempo?.
Será el calor

26 de octubre de 2006

y le dijo: "Es que es tímida". Y ella añadió: "Sí, y también soy piscis"

A mis amigas que siempre estuvieron ahí...
Esta tarde quedé con unas amigas para tomar café y parlotear. La excusa de tomar café, es sólo eso, una excusa. Porque a nosotras lo que realmente nos apetece es hablar. Vamos a la cafetería porque allí podemos estar sentadas y no nos llueve, como pasaba hoy. Claro, esto tiene alguna que otra pega (no todo podía ser tan idílico), y es que el camarero nos miraba mal. Se acercaba por si queríamos pedir otra vez, limpiaba aquí y allí. Todo un desconsiderado teniendo en cuenta que ese era nuestro “momento amiguil” y no reparábamos en tomar café o en no tomarlo. Son muchas cosas las que tienes que contar después de horas sin vernos, incluso días sin saber unas de las otras. A cualquiera le pasa eso, y quien diga lo contrario miente como un bellaco.
Pero me ha preocupado el tema recurrente de nuestros últimos encuentros. Podemos empezar hablando de mil cosas y al final siempre acabamos en el temita: los bodorrios.
Ya sea porque se case alguien cercano o porque te hayan invitado por todo el morro. Es curioso, a la vez que preocupante, como cambian nuestros temas de conversación según va pasando el tiempo. No sé si es que el lugar donde habito irradia algún tipo de energía extraña y/o paranormal, pero a todo el mundo le ha dado por casarse. Y de pronto, además.
La vivienda cada vez está más cara, los sueldos cada vez son más mierda, las estadísticas dicen que hay casi tantos matrimonios como divorcios; pero a pesar de los pesares, de los malos augurios y de la precariedad económica, la gente se casa. Con un par.¡Inconscientes, que sois unos inconscientes!
No piensan en todo lo que suponen los bodorrios, y claro, cuando se dan cuenta del marronazo que les viene, es demasiado tarde para anular las cuatrocientas cincuenta invitaciones que tienen ya repartidas. Y es que todo son calentamientos de cabeza. Empezando por poner la fecha y terminando por elegir entre los doscientos recuerdo-chorradas para regalar. Que si el vestido, las flores, la iglesia o el juzgado, el banquete, etc, etc. Todo debe estar pensado y calculado para que luego no salga nada mal. Ingenuos.
Estos menesteres tienen dos cosas en común: sólo son para el día de la boda y todos cuestan dinero. No hay nada que no sea importante en ese día que sea gratis. Qué bien se lo tienen montado. Que si dos euros cada recuerdo, que si ciento veinte el ramo, que si el traje debe ser chaqué y no unos vaqueros (con lo cómodos que son). A base de eurazo, pero a partir de billetes de cincuenta. Y luego para qué. Todo se pasa en unas horas y ya está. Cada uno a su casa con la barriga llena de comer langostinos, que todavía no has pagado y no sabes cómo pagar, y tú aún con la sonrisa tonta en los labios dándoles las gracias por ir. ¡Qué te las den a ti, que para eso le has pagado un gran festín! He vivido de cerca varias bodas y sé los nervios que se pasan con los preparativos. Aún no me explico muy bien a qué tanto nervio. Has pagado para que salga perfecto, sino sale... Sino sale todo el mundo os recordará como aquella pareja de novios a los que le jorobaron un poco la boda los del catering. Luego tú le cortas la cabeza a alguien y ya está.
Ahora hay una moda de contratar a alguien para que te lo organice todo y sea quien, de haberlos, se coma todos los marrones. Pero creo que eso le quita gracia al asunto. Es preferible que sean los futuros cónyuges los que se devanen los sesos pensando el menú o la orquesta. Así tendrán entretenidos a los que se dediquen a criticarlo todo durante la boda. (Lo confieso, soy una de ellos). En esta vida todo es criticable.
Estos aspectos, para los que hayan sido invitados sin apenas conocer a los novios, siempre vienen bien. Si en la ceremonia hay pocas flores, una de tres: o alguno de los novios es alérgico, hay poco presupuesto para flores (algo razonable. Sólo las disfrutas cuarenta minutos como mucho) o son unos tacaños, y ya. Otro aspecto a tener en cuenta es el menú. Ese es mi tema estrella. Si hay carne, no me fío. Pero es que si hay marisco mucho menos. A decir verdad, no me fío de nada. Bueno sí, de la barra libre. Pero ese es otro tema que no voy a tratar ahora.
Un plato muy repetido es el embutido de primero. ¿Puede haber algo más triste que un plato en el que aparezcan una tapa de queso, una loncha de jamón y otras dos de chorizo. Los que tiran por lo alto ponen lomo, pero esos son pocos. Dicen : son ibéricos. Y un huevo. Eso no ha visto el ibérico en su vida. Bueno, yo es que tampoco he ido a muchas bodas.
Otro tema preocupante es la orquesta. Las hay de los que ponen un disco de doce canciones, y así se pasan toda la noche. Y los hay de los que contratan a una orquesta. Esos son los del lomo en los embutidos y los que ponen pocas flores (es preferible que la gente se vaya a su casa con el estómago lleno y arto de bailar pasodobles). Con esta última opción hay que tener cuidado y hablar con los componentes antes. Así podrás explicarles que existen más canciones a parte de Paquito el Chocolatero, España Cañí o la última de Bustamante. Pero si hay una canción que me hunda es el Vals de la Mariposas. No puedo soportarlo.
Todo esto lo digo sin ánimo de ofender. Es mi visión global de todas las bodas a las que me han obligado a ir desde mi más tierna infancia y que he tenido que soportar hasta el último momento.
No es mi intención desanimar a las futuras parejas, porque como dicen por ahí, si hay amor, todo es más bonito. Sí, pero que no sea más hortera.
Yo creo que todo esto viene porque la gente sólo se limita a copiar lo que otros ya han hecho. Yo, si algún día me caso, intentaré cambiar un poco el protocolo.Lo primero, el banquete a base de sandwiches, ganchitos y refrescos. Que no está mi economía para lujos. Así, en plan cumpleaños infantil y pobre. Luego, con el estómago lleno, ya si eso, me caso. Pero nada de iglesias ni leches. Allí mismo, que salga el “metre” y que nos case. Con su gorro de cocinero, que le da más caché. Y luego a bailar. Lo tengo muy claro, yo quiero como baile para mi y para mi ya esposo el regeeton: “dame más gasolina...” Para ir entrando en calor para después. Y así todo.
Quizás no nos llame Zarzuela para dirigir el próximo enlace real. Pero ni falta que hace.

25 de octubre de 2006

Mamá quiero ser artista...


... eso era lo que decía una canción, si no recuerdo mal, de Concha Velasco. La letra no voy a escribirla entera por dos razones: porque no me la sé (y no tengo intención de aprenderla) y porque sólo me sirve la primera frase de la tan conocida canción, lo demás, me da igual.
A lo que iba. A mi esta canción no me marcó ninguna etapa de mi vida ni siquiera me he querido dedicar al mundo del espectáculo, dada mi poca gracia en el bailoteo y en la canción. Soy así, una persona que baila y canta para dentro. ¿Reservada? ¿Seria? ¿Aburrida? Nada de eso. Mucho sentido del ridículo (quizás demasiado, o no. No lo sé).
El caso es que me daba mucha envidia escuchar como esta alegre, y joven, Concha (si era ella) sabía perfectamente que quería hacer con su vida los próximos treinta, cuarenta o cincuenta años.
Siempre me pregunté cómo puede saber alguien lo que quiere ser en la vida. Un día te levantas y dices: quiero ser otorrinolaringólogo. O es más un sueño revelador y premonitorio de esos en los que te ves dentro de veinte años ejerciendo alguna profesión. En este caso, ¿te reconoces a pesar de estar envejecido veinte años. ¿Y Juan Antonio Roca, cómo se vería? ¿Cómo preso o como ladrón hortera? Bueno, esto es para dedicar todo un apartado.
El caso que a mí eso de elegir mi profesión siempre me causó mucha angustia. De hecho, después de pasar los años, en los que se supone, tienes que decidir qué carrera estudiar o qué carajo hacer, me sigue causando angustia. Me desequilibró hasta el punto que no quería que nadie me preguntara por lo que iba a estudiar. ¿A quién le importaba eso? Era persecutoria la preguntita. Pero no lo sabía. Estaban los que te aconsejaban que estudiases una carrera con “salidas”. Al escuchar esto me pregunté: ¿tengo que estudiar la carrera con tías calentorras? Me pareció un poco raro, pero luego me explicaron que no. Se referían a buenas salidas profesionales. Ahhh, me quedé más tranquila. Pero aún estoy esperando a que se imparta en alguna universidad esa carrera. Luego me dijeron: tienes que estudiar la carrera según tus gustos, ¿a ti qué te gusta hacer? Con dieciocho años me gustaba pensar en las musarañas (tonterías, vaya). Pero me dijeron que Licenciatura en Pensamientos Musarañiles no existía, todavía.
Nadie supo como orientarme a estudiar algo que me gustase realmente. Al final, estudié algo que no me llegó a gustar demasiado. De hecho, no me acuerdo de casi nada. Y me dediqué a pensar esto o aquello. A querer hacer muchas cosas y luego hacer pocas y mal.
En fin, no soy ningún ejemplo a seguir por nadie, la verdad. Pero intento ser buena gente (aunque esté mal decirlo) y sigo buscando “eso “ a lo que dedicarme.
Se aceptan dedicaciones o dedicatorias.

23 de octubre de 2006

"Alteradas": Yo soy una de ellas

..."En el medio, te van a tratando de “pirada”, insatisfecha, histérica, ciclotímica, inmadura, egoísta y, por supuesto, como el peor de los insultos, feminista"...
..." Y no fue fácil para las mujeres descubrir que teníamos derecho a cambiar. Durante largo tiempo pensamos que lo mejor hubiera sido ser otra. Hoy que sabemos que hasta la más superada se cemo las uñas, estamos más contentas con nosotras mismas. Cambiando lo que no nos gusta y no sólo los pañales o el maquillaje"...
..."Y lo logramos. En estos últimos años las mujeres hemos cambiado mucho.
Antes sólo estábamos obsesionadas por conseguir un marido. ¡Ahora, además, estamos estresadas por exigirnos logros profesionales, trastornadas por la culpa que nos provoca la maternidad, y desesperadas por combatir la celulitis....!
¿Alterada? Sí. ¡Y a mucha honra!"


Maitena

21 de octubre de 2006

Será el calor (II)

No daba crédito a lo que estaba sucediendo. Mientras en al calle era imposible estar a pleno sol, dentro del edificio parecía estar en la Antártida. Tiritaba de frío. Me dirigí hacia el ascensor y mi sorpresa fue encontrar un montículo de nieve delante de la puerta. Intenté retirarlo. Imposible. Mis manos estaban congeladas. Perfecto, subir a un quinto piso por las escaleras y cargada de bultos. Lo bueno: entraría en calor con el ejercicio. Mientras ascendía no podía creer lo que estaba viendo. Todo el edificio estaba recubierto de un manto blanco de nieve. Tuve la sensación de estar andando por un decorado de alguna peli cutre de miedo. Parecía todo tan absurdo.
Por fin llegué. Comenzaba a ponerme azul del frío. Y de nuevo seguía sin encontrar las dichosas llaves. Mis manos no tenían sensibilidad, por lo que opté por vaciar el contenido del bolso en el suelo escarchado de mi rellano. Mientras que buscaba entre mis objetos, casi al borde de la congelación, me interrumpieron dos predicadores, sí, esos que van puerta por puerta.
- Tieneunmomento.Queríamoshablarconusted...
- No – seguía buscando sin reparar un momento en ellos. Hay que decir que la insistencia, a pesar de que no le hice ni puñetero caso, me hizo mirarles. Eran dos hombres jóvenes con sus correspondientes carpetas, lo que les hace inconfundibles allá donde vayan, y que tenían por cabeza la de un borrego. Volví a mirar entre mis cosas sin prestarles atención alguna. Quería entrar ya de una vez en mi casa. Ellos seguían soltando el discurso. ¿Cuántas veces lo habrían dicho ese día?
- ....noqueremosnadamásquenosecuche...
- Que no me interesa – por fin encontré las dichosas llaves. Recogí todo lo del suelo e intenté abrir la puerta. No notaba ya las piernas.
- ....siquiereledejamosunodenuestroslibros....
- Les repito que no – al cerrar la puerta no puede evitar mirarlos por última vez.
Me dieron pena. Pobres, todo el día por las calles. ¿Qué les diría la gente? ¿Se sentirían observados? Dudé un momento en escucharlos, sus caras de borregos daban tanta lástima... Pero me estaba congelando de frío. No era el momento de compasiones. Cerré. Por fin en casa. ¡Qué reconfortante era estar de nuevo allí!. Cerré los ojos intentando mantener esos momentos en mi memoria. Después de tanto tiempo fuera, volver a casa era lo que más deseaba en el mundo. Volver a mi rincón de aquel cuarto en el que tantas veces me sentí libre. ¡Ay! Todo era tan mágico, y yo me ponía tan moña al pensar así. Pero me daba igual, era una moña, ¿Y qué? Abrí los ojos y pensé haberme equivocado de piso. Pero no, era el mío. Seguro era una broma de El Hada, sí, eso debería ser. O de Winnie de Pooh. Sí, eso. Sabían que llegaba y querían darme una sorpresa. Pero nunca estuve más lejos de la realidad. No quería atravesar el pasillo.

20 de octubre de 2006

Será el calor

Hace calor, mucho calor. Una mujer, que pasa a mi lado con su carrito de la compra, le va diciendo a su interlocutor invisible que ésto no es normal.
- Esto en mis tiempos no pasaba, cuando era verano hacía calor y cuando era invierno hacía frío. Pero este tiempo no es normal. Seguro que la culpa de todo la tienen los políticos – dice.
Opino igual que la señora que habla sola: la culpa de todo la tienen los políticos.
Hoy vuelvo a casa. Tengo prisa, mucha prisa. Las bolsas pesan como si tuvieran plomo en vez de ropa. Todo es más agotador cuando hace calor. Paso por la puerta de un bar “La Tapa Feliz”, en la tele un presentador casi enloquecido grita que tiene calor. Y yo, no te jode. Sigo andando.Parece no tener fin esta calle. Mierda, semáforo rojo. Ahora tendré que esperar media hora para poder pasar. No sé si aguantaré o desfalleceré y quedaré tendida en mitad de la acera sabiendo que voy a morir. La gente toca sus claxones, los coches gritan y a mi lado una pareja de turistas. Los miro de arriba abajo, - qué feos sois- Creo que me han entendido y ahora me miran mal. Tampoco ha sido para tanto...
Por fin verde. Uff, estaba un poco incómoda con todas las bolsas en la mano, a pleno sol y con los turistas insultándome en un idioma extraño. Vamos, creo que me estaban insultando, por el tono de voz y por la vena de la frente del señor. Parecía que iba a estallar de un momento a otro. Ya queda poco para llegar.
El kiosko de mi barrio había cerrado hacía unos meses. El kioskero me dijo un día que el negocio no funcionaba, era complicado. Asentí. Tenía razón, no era fácil. Y más cuando tu clientela la reduces a coleccionistas de fascículos de paraguas del mundo. Eso, aunque quieras, no da para mucho. Al final, decidió traspasar el kiosko e irse a Benidor a fundirse todo lo que tenía en montar otro kiosko. No sé si allí le funcionaría esa colección. Ahora, en su lugar había un puesto de artículos pirotécnicos (de dudosa legalidad): “El Petardo Feliz”. A diferencia del antiguo propietario, la variedad era extensísima. Los había que sonaban a pedo y los que te reventaban un tímpano. De colores, olores y no sé si tendrían alguno de sabores. Todo era posible en “El Petardo Feliz”. Lo mejor, sin duda, el logotipo: un petardo de ojos saltones a punto de explotar. La viva imagen de mi compañero de piso.
Llego al portal, ¡por fin! Busco la llave en el bolso. El monedero, la agenda, brillo de labios, cleanex, caramelos, un peine, un espejo, una moneda de 100 psts (me da suerte)... Y las puñeteras llaves no aparecen. ¿Las habré perdido? ¿Me las habré olvidado en algún sitio?. Mierda, seguro que las he perdido, nunca sé donde las dejo. Lo que me faltaba.
A través del cristal veo que alguien se acerca. Parece un cabezudo de esos que salen en las fiestas, no, es un vecino con un ¿abrigo?. En la calle se rondarán los 45 º y este buen hombre lleva puesto un abrigo. Abrió la puerta y saludó. Después se alejó corriendo calle abajo. Entré en el portal, todo era muy extraño. Hacía frio.