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31 de marzo de 2008

Cabecita MÁS loca que nunca...


Hay días que preferiría no abrir los ojos, ni despegar la oreja de la almohada, ni levantarme, ni... ni... En fin, es un día tontísimo. Tanto que no sé qué carajo me pasa. El caso es que llevo días dándole vueltas a mil cosas, más de las que mi cabeza puede soportar. Y hoy ha petado. Yo soy así de especial: cuando todo lo tengo claro (o eso creo) surge algo, por casualidad, de la manera más tonta que hace desmoronar casi todo lo que creía en pie. Dicen que las oportunidades no pasan dos veces en la vida, y a mi se me está presentando una segunda, de una manera más o menos clara, y no sé si debo atraparla o dejarla pasar como hice ya.


Ahora estoy en un momento de incertidumbre, hay cosas que vistas desde fuera parecen sencillas, pero una vez que las tienes en frente... Vale, lo reconozco: estoy muerta de miedo. Puede ser normal, o no, pero yo lo estoy y no me gusta nada, no por tener miedo, que es una reacción normal ante una situación nueva, desconocida y tal, sino porque no me deja pensar con claridad. Me llena la cabeza de cosas raras, me aturulla y me deja fuera de juego. Llevo el día intentando hacer algo, centrarme en cualquier cosa pero me es imposible. ¿Qué puedo hacer?


Un opción es cortarme la cabeza y ponerme otra cualquiera, pero salpicaría mucho la sangre y las cortinas se pondrían perdidas. En fin, voy a apagar el ordenador, las luces y todo lo que emita algún sonido, voy a meterme en la cama y no voy a salir hasta que se me pase todo esto.

14 de febrero de 2008

Decisiones

Cuando tomas una decision debes asumir todas sus consecuencias, buenas o malas, y no volverte atras ni para mirar. Yo la he tomado, me costo pero ya esta. Miedo, nervios, muchos nervios, mas nervios y algo que me decia que eso era lo que tenia que hacer. Deje el trabajo, el seguro, el que me da dinero todos los meses y el que no me hace feliz. Cuando tu trabajo se convierte en algo peor que una rutina, el estomago te dice que ese ya no es tu trabajo, solo es dinero, y ese momento es triste. Para mi lo fue y decidi dejarlo cuando pudiera. Ahora estoy mas perdida aun, no se muy bien como empezar algo que no para de crecer en mi cabeza, es un poco contradictorio. Tener tantas ideas me colapsa en ocasiones.
El lunes comienza una nueva etapa para mi que espero que sea buena, por lo menos voy a trabajar duro para que asi sea. De momento me voy unos dias a Almeria a cerrar del todo una puerta, a cargar las pilas y a disfrutar, solo espero que no me nieve. Ya lo que faltaba......

30 de julio de 2007

43º a la sombra


Hace calor, muuucha calor, como en casi todo el país, pero si trabajas el calor es como si te pesara una tonelada más sobre tu nuca, en algunos momentos creí el coche se iba a derretir con tan sólo meter la llave. En fin, lo propio en estas fechas. El único refugio que encuentro es mi casa. Cada vez que salgo y todo a mi alrededor se achicharra bajo de un sol de ¿justicia? (¿acaso eso se puede llamar justicia?) pienso en volver al fresquito que milagrosamente hace en mi piso. Mientras voy por la carretera para ir a trabajar me imagino cómo sería la visión del paisaje, si en vez de mar de olivos, se convirtiera en mar de verdad, de agua salada. Ohhhh! me emociona el pensarlo! Tanta agua, fresquita, la brisa, el olor a mar...... y con lo único que me encuentro al abrir los ojos es al conductor que viene detrás pitándome como un loco, porque voy circulando por en medio de los dos carriles y campo, campo, campo amarillento y seco. Por eso he prometido no ir a trabajar más en verano para no tener que imaginarme el mar mientras voy conduciendo con los ojos cerrados

24 de enero de 2007

Mis problemas van dEspacio

En estos días estoy más que dispersa, y eso me jode. Me jode porque no puedo hacer nada. No sé si será el frío, las largas siestas o que sigo sin tener un sitio propio. La cuestión es que no puedo hacer nada de lo quisiera hacer y con lo que me sentiría bien. Sigo en un rincón de mi casa, y no lo digo por dar pena, es así. Estoy relegada a un rincón de mi salón en la que guardo todo mi mundo, que no es mucho. En una sola mesa tengo el ordenador, las revistas de mi inseparable El Jueves, el bloc de dibujo, los lápices y no me da. Quito cosas, las coloco en otro lugar, algunas las tiro y otras las guardo en algún armario. Pero me sigue faltando espacio.

Cuando llegue el buen tiempo trasladaré este pequeño espacio a otro un poco más grande pero más incómodo: el patio. El observatorio de mi bloque, en el que todos opinan y comentan a la vez que cuelgan las sábanas o barren la terraza. Allí estás tú, agachada en el suelo, intentando buscar el color que le de un nuevo giro al cuadro, y, como si se trataran de dos alfileres sobre tu nuca, allí están los ojos de tu vecina intentando descifrar qué es eso tan raro que estás pintando. Es la situación más cómoda que he podido experimentar. Pero yo, sabedora de las aficiones de comadreo y cotilleo que reinan por mis dominios, hago uso, a veces real y otras ficticio, de mis antiguos walk-man, que entre interferencia e interferencia me evaden de comentarios sin criterio abstrayéndome a lo más parecido a un mundo interior.

En estas condiciones poco puedo hacer. Lo único que me queda es esperar a que mi suerte cambie, para bien, eso sí, y algún día poder disfrutar de un espacio para mí sola en el que no tener que compartir mis momentos de “creación” con nadie más que conmigo misma.
¡Qué así nunca podré ser un genio, coñe!

21 de enero de 2007

Qué tendrás en la cabeza


Después de casi un mes sin poder acceder a mi cuenta blogger por extrañas razones, a las que aún no he encontrado respuesta, vuelvo. Hubiera preferido que mi ausencia hubiera sido porque me hubiera tocado la lotería, pero es lo que tiene haber perdido toda la fe en que algún día me toque. En fin, están los que nacen con estrella y los otros, los que se lo tienen que currar duro.

Si tuviera que resumir este mes en pocas palabras, sencillamente no podría. Soy de muchas palabras, en ocasiones, demasiadas, pero es lo que hay. Y, además, ¡qué ha sido un mes!. Las navidades, cansinas y empalagosas como todos los años, el año nuevo que empieza y con él propósitos y promesas que nunca se cumplen, lo típico. Yo he cumplido 25. Buff, la gente me dice que ya son añitos, pero yo me empeño en demostrar que no, sigo siendo la niña con coletas que nunca fui. Cómo disfrutan jodiéndote el cumpleaños con sus neuras acerca de la edad. Pero les pongo mala cara y dejan de darme el coñazo con lo de “echarme” un novio y casarme. ¡Qué se te pasa el arroz!, me dicen. ¿Quién coño controla eso del arroz?, lo pregunto porque me gustaría que el mío se lo guardara donde más le guste. Ya lo he dicho, sólo lo dicen por joder.

Y poco más, que vuelvo a la cola del paro, que escuchar canciones que no escuchaba hace muchos años me activa la memoria y me devuelve un poco la ilusión de aquellos años, que tengo un viaje pendiente a Barcelona que no sé cuando podré realizarlo y que la imagen que encabeza esto la realicé hace años y se ha convertido en mi talismán. Un día una amiga la miró muy extrañada y me dijo: qué tendrás en la cabeza.

En fin, este año es el mío.

24 de diciembre de 2006

Vestida de Navidad



Seguimos de Navidad. ¿Debería estar contenta? Pues no sé, depende cómo te lo propongas. Para mí todos los años es la misma historia.
La navidad suele ser la época del año que más se consuma, ni vacaciones ni historias: en estos días la gente saca a pasear la Visa Oro (quien la tenga) y no la guarda hasta el 6 de Enero, después de comprar el roscón de reyes, por supuesto.
Y es que si no consumes eres un raro, un rata o algo así. Parece como si desde que vamos a la guardería, subliminalmente, nos metieran ciertas ideas junto con el biberón y los juegos.
Son días de dar amor a todo el mundo, felicidad y demás slogans para anuncios de telefonía móvil. Que sí, que todos somos muy felices y debemos pasárnoslo muy bien, pero ¿y si queremos tener mal carácter y odiar los villancicos?. Pues no puedes. Hay alguna especie de regla que hay que seguir, sin cuestionarla, en la que se obliga a todo el mundo a estar feliz y a querer trasmitirlo a los demás. En estos días hay que adornar la casa de manera recargada y, en ocasiones, estridente (cuanto más, mejor) a base de espumillones y bolas de colores. Hay que cenar pavo, pato o pollo, langosta, brindar con cava, cantar villancicos y regalarse miles de cosas.
- ¿Por qué?
- Porque es Navidad.
- Ah, pues ya me quedo más tranquila.
- Es una noche igual que otra, ¿o no?.
- Noooooo
- ¿No? Es verdad, no todas las noches sale el rey hablando por la tele.
- No es por eso. Es una noche en la que se reúne la familia para comer, para cantar, para reir...
- ¿Y eso no puede hacerlo otra noche cualquiera? ¿Y si una familia no se lleva bien entre ella misma? es decir, hay primos que se escupen cuando se ven, ¿esos también se reúnen para cantar y para comer...?

En fin, cosas que se me pasan por la cabeza en estos días, y muchas más que no tengo ganas ahora de escribir.
Me da pena cómo se va perdiendo la ingenuidad de estas fechas y como todo se va frivolizando alrededor del tener y del comprar. Pero es lo que hay y yo no puedo hacer nada aunque quisiera.
Como homenaje a todo lo que se ha perdido en estas fechas yo no cenaré pavo ni pato ni nada de eso. Me voy a comer un bocata de tortilla con tomate y me beberé un zumo sentada en mi sofá y con mi pijama azul. Igualito que esta noche, que coño tanta tontería.

Porque todos los buenos deseos y los buenos sentimientos no sean exclusivos de estos días, porque con una sonrisa se regala más y porque existen los REYES MAGOS, alzo mi brick de zumo y brindo por todos vosotros.

EL MEJOR REGALO ES EL AMOR


3 de diciembre de 2006

Navidad, navidad, ¿dulce navidad?

Ya ha llegado la Navidad, ¿ya?. Sí, ya está aquí. Acabamos de empezar diciembre pero ya hay navidad, queramos o no. Y de eso, este año sé un poco, de lo adelantada que va, me refiero. Es sorprendente cómo cada vez las fechas se adelantan.
Cuando yo era pequeña no había navidad hasta el día de la lotería o el día de la función en el colegio. Casualmente, todos los años coincidían, por eso de darnos las vacaciones y las notas. ¡Ay las notas!.
Justo ese día me daba cuenta que ya estaba aquí. Ponía el Belén, sacaba del trastero el árbol esmirriadillo de todos los años, al que había que plantar en una maceta porque aún no existían los que vienen con pie. Era feo el condenao, pero qué gracioso quedaba adornado con el espumillón de colores y las bolas. Yo no tuve estrella hasta muy tarde, en su defecto lo coronaba con un pirulí plateado. Que más que un árbol, aquello parecía una antena sideral. Pero era lo que había. Los adornos pasaban de un año a otro sin ningún problema. Siempre eran las mismas bolas azules o rosas las que adornaban aquel proyecto de abeto. ¿Y el espumillón? Qué sufrido que era el pobre, hasta que no se reducía a trozos de diez centímetros no se iba a la tienda a comprar nuevo. Que no estaba la vida para tirar las cosas.

El nacimiento era lo mejor. El mío era bastante modesto, la verdad, pero no por eso dejaba de perder encanto. El primer año que puse un nacimiento en casa lo recordaré siempre por dos razones: fue el primero, y eso marca (o por lo menos a mí) y porque fue un acto de “madurez” que yo misma me apropié. Estaba enferma en casa con la varicela (por aquel entonces le llamábamos “pinchos”, no sé por qué, sería porque picaban con ansia) y muy aburrida, al ser contagiosa no recibía visitas de amigas por si se les “pegaba”, (qué poco sentido de la amistad!!!). El caso es que decidí montarlo yo solita en el mueble-bar de la sala. Dicho y hecho. Con una caja de mantecados (de las de 5 kg, que ya eran grandes) y un poco serrín del gato, limpio, claro está, e hice la primera ambientación de lo que horas más tarde sería Belén en el año 1. Con un trozo de papel de albal el río, previamente arrugado para dar la sensación de agua, un poco de nieve, por cortesía del corcho del televisor y ya tenía el Belén. Pastores con ovejas, pastoras lavando en el río, los reyes, ángeles y demás extras del Belén. Un lugar especial siempre era reservado para el “tío cagando”, a pesar de ser de lo más vulgar y que no pega nada, a mí siempre me hacía gracia la idea del apretón que le da un pastor que va a ver al Mesías. Por esa razón, siempre había que ponerlo, y no detrás de un pesebre u oculto entre rocas, no. Eso le pasó cuando vio al Ángel de la Anunciación a los Pastores. Y es que cómo no se le va a descomponer el cuerpo a alguien que se le aparece un tío volando en mitad de la noche diciéndote que vas a ver a un Dios. Pensaría que estaba muerto...

Tenía una amiga que más que un Belén, recreaba toda una ciudad y parte de otra. No faltaba nada ni nadie. Estaba más currao. Había cielo pintado con estrellas y luna, a pesar de que estaba todo nevado. El río era de agua de verdad, con sus piedras y todo. Luces, musgo y trozos pequeños de troncos que ambientaban más si cabe todo aquello. Me encantaba ir a verlo y a jugar en él. Sí, porque nosotras jugábamos en él, bueno con él. Aprovechábamos que su madre no estaba y usábamos a las pastoras para andar por el puente o ir a ver al niño Dios, como si fuera lo más normal del mundo.
Continuará...

19 de noviembre de 2006

Quien espera desepera

Ya he perdido la cuenta de los días, de las semanas, en fin, del tiempo en que empecé a notar esta sensación. Al principio no le di importancia, en aquellos momentos era casi normal. Todos me lo decían: “es normal, no te preocupes. Se te pasará y al final lo verás todo mucho mejor”. ¿Se me pasará? ¿cuándo se me pasará?.
Confié en las palabras de aquellos que por entonces querían consolarme, pero su consuelo sólo fue un espejismo. Un remedio que duró un instante comparado con todo lo que me esperaba y que ellos, creyendo que sería mejor para mí, no quisieron decirme. No sé si por evitarme más angustia o porque confiaban que realmente se pasaría. Ahora los miro y les pregunto sin hablar si aun tengo que esperar más, pero sus ojos miran al suelo. Creo que eso no es buena señal.

Cuando dejé de buscar en los ojos respuestas, todos se aliviaron. Ya no había más consuelo que dar, estaba todo dicho, sólo había que esperar. Que palabra más odiada: esperar. En realidad era mi único consuelo porque me permitió ilusionarme con lo que estaba por venir, que sólo deseaba que fuese bueno, pero por otro lado era mi condena ya que no podía determinar cuándo acabaría esta situación.
Con forme iban pasando los días la sensación retrocedió, no la notaba como antes y eso me alivió mucho, tanto que llegué a pensar que nunca ocurrió, que todo había sido una ensoñación propia de la primavera. Ligereza que al andar parecía que no tuviera cuerpo, sólo ganas de andar, de correr y de sonreír. Pero sólo fue eso, un retroceso. Avanzó con mucha más fuerza y más terrible, haciendo volver la sensación dichosa.

Día tras día se hacía más dura y más curativa, qué paradoja. Algo dentro de mí sabía que aquello era necesario, doloroso pero necesario. “Se pasará y lo veré todo mucho mejor” me repetía una y otra vez. Y se pasó, o eso creo, pero no estoy mucho mejor. Estoy bien, comparando cómo estuve algún tiempo y eso ya es todo un logro. Pero sigo con esa sensación, aun no se ha pasado.
Creo a que a esto lo llaman desamor.